Desde Rusia con amor

Terminé de leer un encantador libro sobre Rusia. Acompañé al autor-anfitrión a un viaje esplendoroso por Rusia: vimos sus bellas ciudades, sentimos un poco de frío ante el Volga, bebimos grandes tazas de samovar, contemplamos maravillados los atardeceres desde la cima del Altai, dijimos spasiba a las matronas que nos vendían helados, y por encima de todo contemplamos embelesados la belleza de la mujer rusa que ya te contaré.

En Moscú entramos a un bar bohemio, Petrovich un lugar muy sui generis donde todo el mundo hace lo que le venga en gana: comer cuando le apetezca, ocupar la mesa frente al conjunto de jazz sin consumir nada, beber sólo una copa; donde las bellas mozas que atienden no son serviciales sino alegres, atentas y coquetas; donde la seguridad se basa en la confianza; un lugra vedado para los ricos que hacen ostentación de su riqueza porque en este lugar no encontrarían la forma de hacer ostentación pues todo conjura en contra de las pretensiones y vanidades; aquí las personas vienen a pasarla bien; en este acogedor lugar, sentados ante la barra mi anfitrión me contó algo de la historia rusa: en el siglo X, Vladímir, Gran Príncipe de Kiev,  buscando unificar a todos los pueblos paganos del territorio ruso bajo una sola religión mandó  emisarios para que asistan a todas las ceremonias religiosas de Oriente u Occidente para que elijan una que sea de su agrado. Así asisten a las ceremonias religiosas de los búlgaros pero les parece triste y sombría que la rechazan de plano; llegan a Grecia y se quedan fascinados ante la belleza de los rituales religiosos griegos que el monje Néstor dijo de ello en una crónica de la misión: “No somos capaces de relatarlo, pero sabemos  solamente que es allí donde Dios habita en medio de los hombres; y su oficio es más maravilloso que en otros países. No olvidaremos jamás esa belleza”. Los emisarios continúan su viaje y llegan a Constantinopla cuyas cúpulas doradas atraen sus miradas, se quedan asombrados ante el esplendor de las ceremonias religiosas precedidas por el emperador con una tiara en la cabeza, cubierto con un vestido de brocado adornado de perlas y piedras preciosas. Eligen esta ceremonia y su religión. Poco tiempo después el emperador Vladimir invade Bizancio, saquea una ciudad fronteriza, Quersoneo, cuyo sitio antiguo queda cerca de Sebastópol, y vuelve a Kiev con un rico botín: objetos litúrgicos de oro, cruces, imágenes y ornamentos sacros, y una buenca cantidad de sacerdotes prisioneros. Hace que sus doce hijo y toda la población sean bautizados mediante el práctico sistema de hacerlos entrar desnudos a hombres, mujeres y niños en las frías aguas del río Dniéper. Además, manda a azotar y hundir en el río a Perún (vaya nombrecito), el dios pagano del pueblo. Mi amigo el anfitrión dice que los rusos más que asimilar el credo del cristianismo lo que los atrajo de esa religión fue la pompa, el espectáculo y el lujo de los rituales bizantinos. Los eslavos nunca dejaron de ser paganos, lo siguen siendo y seguirán así. “Y es que el pueblo ruso, cristianizado formalmente hace mil años, no recibió en realidad la influencia civilizadora de Roma y sigue siendo pagano; sobre todo, panteísta, y que sus verdaros ídolos -la tierra, el bosque, el río- son criaturas de la diosa Naturaleza. La iglesia viene a ser un entretenimiento y un descanso; en elle se está a gusto y, además, se escuchan sus cantos maravillosos”.
La Iglesia ortodoxa es permisiva y tolerante con la debilidades de la carne. Sus santos cristianos de la antiguedad no cuentan entre los pecados capitales el de la lascivia, sino que para ellos consideran pecado más grave la vanidad y el orgullo. El ruso no experimenta sentimientos de culpa como el católico apostólico romano en ese aspecto. El eslavo tiene una iniciación sexual limpia y temprana. “El sexo es una necesidad biológica que conviene satisfacer, y el ruso lo practica con naturalidad encomiable”. Esa falta de remordimientos de la mujer rusa hace de ella una criatura fascinante: ellas tienen capacidad para el ensueño, necesidad de ternura, sensualidad a flor de piel y la persistente melancolía propia de su raza. Enrojecen ante una simple mención a su belleza y se enamoran a la manera clásica: por una carta concisa, por una leve caricia en el pelo o la mejilla, su pudor la hace temblar. “Educada, sensible, dulce, cariñosa, apasionada, se funde con el hombre con tal inocencia, de modo tan tierno y feliz que el moralista más rígido no tendría que escandalizarse. Su delicado erotismo no tiene nada que ver con la sexualidad del subdesarrollado, que tanto encandila a quienes frecuentan el mundo latinoamericano; ni con la promiscuidad intrascendente, puramente física, que diluye la capacidad de amar en el goce indiscriminado. Desde su paganismo oriental, la mujer rusa mantiene milagrosamente unido lo que la civilización se empeña en separar: el cuerpo y el espíritu, el impulso erótico y el amor romántico”.

Ahora te voy a contar lo que le sucedió a un amigo español de nuestro anfitrión. Resulta que se había enamorado de una vendedora de un supermercado. ¿Como la conoció? Pues así. En Moscú eran mediados de mayo de un día domingo. En la calle Tverskaya, abre sus puertas las 24 horas del día el supermercado Dary Moria. En la sección de pescado casi vacía sólo hay dos dependientas. Una de ellas atiende a un coreano. La otra con la cabeza inclinada sobre el pecho se ocupa en calcular cifras en una calculadora. Lleva el cabello rubio recogido y tiene unas manos bellísimas. La chica levanta el rostro y muestra un rostro típicamente eslavo: labios carnosos, boca grande, nariz pequeña, frente despejada. La piel de su cara es preciosa y en sus hermosos ojos azules hay un brillo de melancolía. El español se acerca y le dice: -¿Habla ingles? Y la muchacha hace un gesto juntando los dedos para decir que sabe muy poco, algo habitual en este pueblo perfeccionista: las personas responden con modestia, aun conociendo muy bien un idioma. El español sale a la calle embelesado por esa belleza que acaba de conocer sin atreverse a volver a entrar. Con el corazón latiendo henchido de timidez vuelve a entrar, abre la puerta y se acerca a la dependienta. La joven está atendiendo a otro cliente, sonríe sutilmente al español y le dice con un gesto que le espere un minuto. Este español ni siquiera intenta mirarle los senos o el culo embelesado como está de su rostro angelical, de sus dulces ojos, “de su expresión tierna y tenaz”. No lleva pulseras, cadenas, o anillos.
Ella: – ¿Desea algo más?
ÉL: -Eres tan maravillosa que he vuelto sólo para verte.
Ella sonríe y enrojece y le responde con voz inaudible: – Spasibo (gracias).
ÉL: -¿Tienes novio?
Ella: -No.
ÉL: -Es increíble.
Ella: -Acabo de divorciarme y llevo poco tiempo en Moscú.
Él: – ¿Vives sola?
Ella:-Con dos compañeras.
Él: -Me gustaría volver a verte. ¿Puedo llamarte?
Ella enrojece de nuevo como todas las rusas ante la audacia repentina. Vacila un rato y anota su número en un tique de caja. Añade su nombre: Oksana.
Ella:- No llego a casa antes de las diez y media de la noche. ¿Cuántos años tienes?
Él: – Cien- responde serio.
Y él la llamó y estuvieron viviendo un romance. Pero por razones que no detallaré, él al ausentarse de Rusia para volver a España la perdió. Un día la llamó y ella le contó que se había casado. Entonces él muy dolido quiso mandarle lejos pero se contuvo. Meses después recibe una carta de Rusia donde ella le dice que le extraña, que le hecha mucho de menos; de nuevo él animado por esa sorpresiva reacción la llama por teléfono y ahí ella le confiesa que su marido para metido en sus negocios, que no es tan divertido como el español, que nunca le mira ni le dice cosas bonitas, y él intenta hacerle una broma, ¿piensas en mí?, ¿de verdad?, ¿a todas horas¿, ¿por la mañana, por la tarde, por la noche? y Oksana que no está de ánimos para bromear no capta el cariño renacido del otro y le responde con un tono de amargura: “Por la mañana y por la tarde, sí. Por la noche, no. Hago el amor y duermo”. Recuerda esto: para una rusa más importante es tener un hombre en casa por imperfecto que sea. Ya sabes, la mujer ideal es una rusa.